El mes pasado tuve la oportunidad de viajar a Colombia, como parte de un viaje de trabajo. Si bien en la compañía constantemente he venido viajando, siempre ha sido dentro de mi país, así que por primera ocasión experimenté a otro nivel lo que es ser parte de una organización multinacional, y aportar algo en otro Estado Soberano distinto al mío.
Me permitió explorar y tener un mini-mini-mini-vistazo de la cultura e idiosincrasia de otro país, así como el conocer y trabajar en otro contexto. He de confesar que no sabía qué esperar, aunque ya entrados en el vaivén diario, la situación se tornó mucho más manejable de lo que inicialmente me parecía. Para mí, México y Colombia comparten mucho más de lo que parecería.
Dentro de lo que pude conocer (algunos museos, algunos lugares, alguna comida), me sentí bastante familiar. Incluso, algunas cosas eran demasiado familiares, como el tráfico (conductores estorbándose en los altos), el transporte público con sus desafíos (por decirlo elegantemente) y nuestra muy latina forma de ser. Ah, y en varias ocasiones fui «El Mexicano»… y a mucha honra.
Incluso esas extrañas coincidencias de toparte en el aeropuerto de regreso con amigos que hace años no veías, o con compañeros de trabajo que antes ves en otro país, que en el tuyo…
Aprecio estas oportunidades, porque es verdad que los viajes ilustran… viajar y entrar a otro «mundo» enriquece tu percepción del mundo, y quizá la percepción que el «mundo» tiene de ti… nos debería volver más humildes al hacernos sentir parte del todo, y de nuestra relación con el entorno…
… Aunque, eso sí… estoy seguro que no volveré a probar unos dedos de queso como los que comí en Bogotá…

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