Ayer, mientras subía por el elevador de mi edificio, vi a uno de los vecinos con una playera del hombre murciélago. Una pequeña conversación sobre ella desencadenó un torrente de recuerdos, especialmente oportunos considerando que esta semana se conmemoró el 75 aniversario de este icónico personaje.

Para quien no me conozca lo suficiente (o por si no ha quedado claro), soy un fan, un bati-fan, un batimaniático; en resumen, tengo una amplia preferencia por el Caballero de la Noche.

Mi primer recuerdo se remonta a 1989. La película de Tim Burton fue el gran detonante de este gusto, a los doce años. Antes de eso, realmente no recuerdo haber tenido una preferencia tan marcada por algún personaje, pero sí recuerdo haber jugado con y como varios de ellos: Superman, Linterna Verde, Flash, Spider-Man; y haber visto también la caricatura de los Super Amigos («… Y mientras tanto, en el Salón de la Justicia…») y aquellas de Capitán América, Thor, Iron Man y Hulk, donde los personajes casi no se movían… En fin, para este momento es claro que mi infancia tuvo una notable influencia de estos símbolos de mitología moderna.

Debió ser una decena de veces las que vi esa película en el cine, lo que disparó mi afición por los cómics, una pasión que mantengo hasta hoy, casi religiosamente, visitando cada semana o cada quince días «El Fantástico» de la del Valle para recoger mi suscripción (casi todos los cómics de DC relacionados con Batman).

Pero mi afición va más allá de los cómics. Naturalmente, me sumergí en las tres películas de Batman de los 90: «Batman Returns», «Batman Forever» y la épicamente casi infumable «Batman y Robin» (sobre esta última debí sospechar cuando en la proyección donde fui con mi mamá y mis hermanas se quemó casi iniciando, y tuvimos que regresar otro día); la trilogía de Nolan, y ya espero ver «Batman vs Superman: Dawn of Justice».

Así también comencé a coleccionar novelas gráficas, videojuegos (el de Nintendo de los 90s alusivo a Batman fue uno que aún recuerdo con gran satisfacción pues lo terminé sin ayuda de guía alguna), ropa y, en general, cualquier accesorio alusivo a Batman. Vaya, hasta libros dedicados exclusivamente a Batman tengo en la biblioteca… e incluso no solo a Batman, sino también al Joker, a quien considero también EL villano por definición.

¿Por qué me gusta tanto? Muchas veces he dicho que su principal atracción era precisamente el hecho de que no tenía un superpoder, sino que era un individuo (casi) común y corriente (unos cuantos miles de millones de dólares no hacen daño a nadie) que, a partir de una tragedia, se preparó para conseguir un objetivo: que nadie volviera a sufrir por lo que él tuvo que pasar.

No es el objetivo entrar en la psicología de Batman, pero un libro que leí el año pasado de Grant Morrison («Supergods: What Masked Vigilantes, Miraculous Mutants, and a Sun God from Smallville Can Teach Us about Being Human»), uno de los más recientes responsables de redefinir el mito de Batman, me dio más elementos para encuadrar lo que representa un personaje de este tipo: un contraste de lo que es aspirable, bajo un telón de sufrimiento, oscuridad y encierro emocional; caos interno versus control absoluto (Batman siempre tiene un plan B, C, D… etcétera).

Hoy mis hijos juegan con los muñequitos que, evidentemente, ya les hemos comprado, y ambos lo reconocen. Me alegra poder compartir esto con ellos, eso no lo niego. Sin embargo, como le comentaba a mi esposa ayer, no quiero imponerles mi afición.

En fin… sin duda Batman seguirá presente en mi vida, y espero que dentro de 25 años, a los 62, esté celebrando el centenario de mi héroe ficticio favorito..

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